Segovia, diecisiete de septiembre. Una fila se extiende hasta el Aula Magna y las conversaciones se entremezclan en un bullicio calmado, aunque entusiasta. Llega Miquel Barceló a IE University para formar parte del Hay Festival. 

El artista es presentado por el poeta Enrique Juncosa, encargado de desenmarañar las obras del pintor y guiar una conversación orgánica. Juncosa es también comisario de exposiciones, siendo su trabajo en el Irish Museum of Modern Art de Dublín (2003-2012) reconocido mediante la Orden al Mérito Civil. Como amigo del artista, nombra primero sus logros más destacables, entre los que se encuentra el haber expuesto en salas de todo el mundo, conforme a su gran proyección internacional, y la creación de la cúpula de la Sala de los Derechos Humanos de la ONU, en Ginebra. Su colega lo ensalza en la transición democrática española, en la que, de acuerdo con sus palabras, obras como las de Almodóvar y Javier Marías fueran injustamente juzgadas como de “optimismo reaccionario”, desechando su valor creativo y artístico para la época. Antes de abordar el trabajo del pintor, Juncosa recuerda que sus cuadros serán expuestos en París a partir del 12 de octubre bajo el nombre de Grisailles (“Grisallas”), referido al uso de tonos blancos y negros. El título no es un buen entrante para los platos fuertes: su obra puede ser calificada de muchas formas, pero no es gris. En absoluto.

Se suceden animales como langostas, peces espada, caballos y un perro (huido en el monte tras unas cabras, como explica el propio Barceló); fondos marinos difusos, que constituyen errores creados sobre errores; bodegones de inspiración flamenca, con botellas que parecen rascacielos; velas blancas, tinieblas y estalactitas fantasmales sentadas a la mesa. Su técnica cambia de un cuadro a otro, pero resalta el uso de carboncillo sobre lienzos de grandes dimensiones, lo que acarrea meses de trabajo y un último retoque final mediante un rodillo de pintura. Del blanco y negro se pasa al color, y del vacío al puro horror vacui. Se busca el cambio, la naturaleza muerta, pero en evolución constante. 

Juncosa invita al pintor a que reflexione sobre su proceso creativo, lo que lleva al artista a enfatizar su mayor aspiración: pintar como cuando era niño, con el impulso del Barceló que tenía nueve o diez años y escupía sobre el papel. Se trata de un deseo casi carnal, acuciante, en el que se crea “un mundo mito poético” donde no es extraño encontrar elementos fantásticos, influenciados por Fausto o Dante. De hecho, la literatura ocupa cierto espacio en la conversación, mencionando poetas como el castellano Claudio Rodríguez, escritores tan estudiados como Chéjov y Proust, y novelas como Prohibido morir aquí, de Elizabeth Taylor. 

Tratando los elementos que estimulan sus obras, el artista afirma que busca objetos físicos para su inspiración, sea en la naturaleza o en nuevos paisajes, descubiertos en sus frecuentes viajes a destinos tan dispares como el Himalaya o Kenia. En una mezcla tan ecléctica, se señala también el arte místico español como influencia; se trata de una “fascinación de lo real” que crea sus propias técnicas y que, lamentablemente, ha tardado en ser valorado. Esto último es conectado por Barceló con las últimas obras de Picasso, únicamente reconocidas tras el análisis llevado a cabo por su generación, a quienes atribuye el mérito de romper los tabúes existentes sobre lo abstracto a finales de la década de los ochenta. Se difuminaron los límites introduciendo la narrativa y la perspectiva, claramente presentes en sus pinturas. 

Vista una selección de sus cuadros, el foco de atención se traslada a otros medios. Destacan tanto el uso de cerámicas como la búsqueda de lo efímero mediante performances. Aquí, existe un testigo privilegiado: París, la única ciudad que ha echado de menos. 

Entre este desfile de obras, la actualidad no puede quedarse de lado. La guerra de Ucrania es mencionada, no sin preocupación, así como el duro confinamiento que sufrimos en España; se abordan con naturalidad, de la misma manera en la que ha transcurrido el resto de la conversación. Barceló no se considera un pintor abstracto y la realidad se ve reflejada en su obra. El arte ahora tiene un mayor fondo moral, afirma, y se abandona el ambiguo posmodernismo en la exploración del historicismo. 

El tiempo se acaba antes de que el público tome aire. Con humor, Juncosa observa que la cuenta atrás se ha consumido sin que se dieran cuenta. La charla, de carácter artístico y literario, podría haberse alargado durante toda la noche. Reacios a la despedida, las luces se encienden perezosamente. Barceló y Juncosa reciben sendas rosas blancas y se entretienen con sus admiradores antes de abandonar la sala. Sinceros como su obra, despiden el sábado, penúltimo día del Hay Festival. 

Una vez más, Segovia acoge el arte.

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