Escritoras a tiempo completo

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Escribir a través de la ventana femenina supone el autoconvencimiento de que escribimos por algo más —o en base a algo más— de lo que la historia ya ha hecho. Dentro de la recopilación de lo memorable y de lo que hoy estudiamos, sólo de vez en cuando sobresalen nombres de mujeres que, con sus decisiones, han cambiado el rumbo de nuestra realidad. Esto también pasa en el mundo de la literatura. No es que sólo unas pocas fuesen decentes, porque las mujeres han escrito desde el principio, sino que han plasmado su realidad a la sombra de la historia, desde una tímida ventana que las separaba del mundo de la experiencia y el desarrollo intelectual hasta no hace mucho. La buena noticia es que hay más allá, si de mujeres se trata. 

Virginia Woolf en su “A room for one’s own” habló de que lo que diferencia en gran medida a las escritoras de los hombres artistas es que no escriben, afortunadamente, de lo mismo. A pesar de que esto no ha sido el desencadenante de la censura en mayor o menor medida, resulta sencillo pensar que la mujer fuese a escribir aquello que los hombres ya hacían en el siglo XIX. Cómo si no tuviesen algo más que decir. Pero lo cierto es que uno no puede evitar atribuciones temáticas, como que la mujer también plasmaba aquello que conocía, lo alcanzable y lo cotidiano —porque hubo un momento donde la mujer fue madre y esposa antes que mujer.

Porque, si somos mujeres, nuestro contacto con el pasado se hace a través de nuestras madres. Es inútil que acudamos a los grandes escritores varones en busca de ayuda, por más que acudamos a ellos en busca de deleite.

Virginia Woolf

Las primerizas

Pero escapar de lo complejo nunca ha formado parte de la esencia de las mujeres. Anne Carson, poetisa, ensayista canadiense y experta en la Antigua Grecia, nos presenta contínuamente a Safo de Lesbos (650/610 a. C.- 580 a. C.), una de las primeras escritoras incomprendidas que, trágicamente, también conoció la fama después de la muerte. Sobre Grecia, escribe Carson, las prácticas intrínsecas que se adentraron en nuestra historia contemporánea ya estaban instauradas entonces: “Aristóteles nos dice que la voz aguda de la mujer es una evidencia de su carácter maligno para criaturas que son valientes o simplemente (…) tienen voces grandes y profundas. (…) El tono vocal alto es, junto con la locuacidad, una forma de caracterizar a una persona que se desvía o es deficiente en el ideal masculino de autocontrol. Las mujeres (…) entran en esta categoría. (…) [Es el caso de, por ejemplo,] la voz mortal de las Sirenas. (…) Margaret Thatcher, trabajó durante años con un entrenador vocal para hacer que su voz sonara más parecida a la de los otros Honorables Miembros y aún así se ganó el apodo de Attila The Hen” (Attila la Gallina). 

Hubo también primerizas que conocieron la suerte y la oportunidad, una combinación que les llevó al reconocimiento y al aprendizaje. La época donde la monopolización de la escritura daba sus primeros pasos fuera del scriptorium coincide con Florencia Pinar, de quien sabemos más bien poco. Fue dama de la Reina Isabel I de Castilla y se rodeó de intelectuales y eruditos cercanos a la corte, pero también de otras mujeres brillantes que formaban el núcleo duro de la monarca. Sutil en sus palabras, las metáforas y lo femenino siempre estuvieron presentes en sus letras. Así, escribía: “De estas aves su canción / es cantar con alegría / y de verlas en prisión / siento yo grave pasión, / sin sentir nadie la mía”. 

Siento yo grave pasión, sin sentir nadie la mía.

Florencia Pinar

Otras encontraron en los conventos refugio para sus pensamientos, como Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), poetisa mexicana. La religión también dio cobijo a la poesía mística de Santa Teresa de la Cruz, patrona de escritores. En el siglo XVII, Aphra Ben, se convierte en la primera mujer capaz de vivir de sus creaciones, entre otras, del teatro. Así lo haría de manera pública pese a las críticas de una sociedad que no permitía la exploración de ciertas problemáticas de conversación entre las mujeres, como la libertad sexual. Tituló su primera obra dramática “The Forced Marriage”.

Vocación feminista

Uno de los grandes problemas que han tenido las mujeres adelantadas a su tiempo es la incomprensión. ¿Para quién escribían estas mujeres? Es, especialmente, el pudor frente a la indiferencia de lo externo lo que siempre ha detonado el deseo humano de escribir. Las ansias de descifrar y la atracción por lo desconocido. Como cuando le damos un caramelo a un niño pero a otro no, así entiendo yo el despertar rebelde de las mujeres escritoras negadas a renunciar a sus inquietudes por saber y darse a conocer. 

No obstante, el carácter no lo es todo. Woolf lo sabía. Las pertenencias materiales, el haber nacido en un lado u otro de una calle, la irónica diferencia entre dos manzanas separadas por lugares públicos de reunión —algo que hoy, a mayor escala, aún ocurre— marcó el futuro de las artistas hasta finales del siglo XVIII. En palabras de esta escritora: “(…) la mujer de la clase media empezó a escribir. Porque si Orgullo y prejuicio tiene alguna importancia [es que] las mujeres en general, no sólo la aristócrata solitaria encerrada en su casa de campo, se pusieran a escribir”. 

Pinar, Ben, Frances Burney; todas sus preocupaciones rutinarias probablemente no fuesen más allá de huir de sus responsabilidades sociales para relatar. Quizás Jane Austen (1775-1817) nunca pensó en que sus creaciones llegaran a estar en bibliotecas y estantes que no entienden de ni de generaciones ni de polvo, pero su inconformismo dirigió su vida hasta donde ella pudo decidir. Estudió, pero nunca económicamente pudiente, rechazó casarse porque el matrimonio era mayormente una institución forzosa que hacía de la mujer, objeto, y de su voluntad, accesorio. 

Los hombres nos llevan ventaja por ser ellos quienes cuentan la historia. Su educación ha sido más completa; ellos empuñaban la pluma.

Jane Austen

Entre aquellas que consiguieron publicar en vida, muchas lo hicieron en el anonimato o bajo seudónimos masculinos, como es el caso de George Eliot (Mary Ann Evans) o las Hermanas Brontë durante la Inglaterra victoriana, que firmaban como Currer (Charlotte), Acton (Anne) y Ellis (Emily) Bell. En una carta de 1849 a un crítico de su obra, Charlotte replica: “desearía que no pensara en mí como una mujer. Desearía que todos los críticos creyeran que Currer Bell es un hombre, serían más justos con él. Continuará usted midiéndome con algún rasero de lo que considera que es propio de mi sexo”.

¿Quién me censura? Muchos, no cabe duda, y me llamarán descontenta. No podía evitarlo: la inquietud formaba parte de mi carácter; me agitaba a veces hasta el dolor…

Charlotte Brontë en Jane Eyre

Hubo algunas mujeres a las que la incomprensión, la intensidad de su obra y la vocación absoluta les llevó al delirio, al suicidio o a la soledad —de la misma forma que el deseo sexual, las preguntas incómodas y la ruptura con los cánones llevó a otras a ser tachadas de inmorales. Emily Dickinson, Virginia Woolf, Sylvia Plath o Alejandra Pizarnik fueron el espejo de genias incapaces de vivir consigo mismas. La primera escribió toda su vida poemas existenciales y desde la perspectiva de quién nunca se rigió por las reglas gramaticales. Sylvia Plath fue otra incomprendida y, sobre Virginia Woolf, cualquier palabra se quedaría corta. 

Soy mujer

Pizarnik escribió que es mujer, pero que serlo no se limita a un modelo en concreto. Según ella, la mujer se debe entender bajo las circunstancias sociales, contextuales y culturales del momento. La imagen de la mujer se inventa y se despoja de atributos que la hacen verse como es, mientras que su engranaje es transversal. Así, Torri Morrinson, primera afroamericana en ganar el Premio Nobel de Literatura en 1988, explicó que dentro del marco de liberación de su sexo, las mujeres negras estuvieron a la cola. Es inevitable, pues, llegar al siglo XX y no ser testigos de la intersección entre escritoras, activismo, literatura y divulgación. Gabriela Mistral (Lucila Godoy Alcayaga), diplomática, poetisa y profesora chilena, también es ejemplo de ello. ¿Y dónde quedan las Sinsombrero? Aquella olvidada Generación del 27 de tacones o atrevidos trajes femeninos, todo a gusto de cada cual. La posguerra española trajo la progresiva integración de la mujer en el mundo laboral. Pese a la censura, las artistas se hicieron su hueco y publicaban columnas como, y permítanme el tributo, ésta de mi abuela de 1963 en la revista de la empresa: “aspiramos a que nuestra responsabilidad llegue más allá del hogar en la mujer adulta, y que su adquisición preocupe a las jovencitas actuales, mujeres en ciernes”.

Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y corazón guerrero.

Alejandra Pizarnik

Supongo que, ahora, pueda surgir la sensación de que todo lo plausible del pasado es, no obstante, exiguo. Pero hoy mujeres anónimas publican y escriben con total libertad sin pedagogía ni sermones —al menos aquellas que, por su residencia, así se les permite. Por eso, ante todo, celebremos el éxito. Hoy hay artistas a tiempo completo que también son abogadas y camareras; políticas, limpiadoras, madres, hijas, hermanas y abuelas. Profesoras e ingenieras, empresarias, conductoras, doctoras y, en definitiva, trabajadoras. Virginia Woolf incitó en el siglo XX a que lo mejor que puede hacer una escritora por las artistas que, en la anonimidad, sembraron el terreno y el devenir, es escribir. “Ahora bien, yo creo que esta poetisa que jamás escribió una palabra y se halla enterrada en esta encrucijada vive todavía. Vive en vosotras y en mí, y en muchas otras mujeres que no están aquí esta noche porque están lavando los platos y poniendo a los niños en la cama. Pero vive; porque los grandes poetas no mueren; son presencias continuas; sólo necesitan la oportunidad de andar entre nosotros hechos carne”.

Inés G. Vega
Inés G. Vega
De Gijón, de Asturias y de España; en cualquier orden. Apasionada de la literatura y de los deportes. Amiga de mis amigos.

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