Derechos humanos: dentro y fuera del campo

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Fuente de la imagen: © Maxppp – Philippe Renault

“Derechos humanos: fuera y dentro del campo”. Con fuerza, retumbaba en el septuagésimo segundo Congreso de la FIFA el eslogan de la presidente de la Asociación Noruega de fútbol, Lise Klaveness. No han sido pocos los conflictos surgidos a raíz de este deporte en los últimos meses, sin embargo, ninguno ha sido suficiente como para frenar el evento futbolístico de la temporada.

¡Ay, el fútbol! Los bares, abarrotados; las televisiones, a punto. A partir del 20 de noviembre, vuelve uno de los momentos cuatrienales más esperados. Todos los días van a ser domingo: medio mundo va hacer hueco en su agenda diaria para 90 minutos abanderados de solo y únicamente fútbol. 

Fútbol, un deporte que, representado universalmente por la FIFA, con el paso de los años ha buscado ser una figura bonita y florera para el movimiento de la inclusión, integración y diversidad occidental. Es por esto que resulta ciertamente curioso, por no decir decepcionante, que ya en 2010 la FIFA abiertamente concediera a Qatar la sede del Mundial de 2022 mediante un cuestionado proceso de selección. Un estado que no solo sigue soñando con la legítima clasificación al torneo, sino que, sin ninguna historia de títulos futbolísticos o de mera práctica deportiva de este, materialmente no era capaz de sostener un evento de tal calibre. La cuestión es, sin más dilación, por qué. 

La credibilidad de Qatar como anfitrión de la competición ha causado controversias en ámbitos que superan lo futbolístico. Si bien el evento ha sido trasladado a la época invernal debido a las intolerables temperaturas veraniegas, la prensa internacional y diversas asociaciones de fútbol han hecho eco de la insuficiencia ética, democrática, cultural y deportiva del país. Pero lo cierto es que ya había precedentes asentados, por lo menos en términos políticos. De hecho, en 2018 tuvo lugar el Mundial en Rusia, cuyo líder y presidente, Vladimir Putin, optaría más tarde por vías esencialmente dictatoriales.

Por consiguiente, la polémica ha calado tanto dentro de las sociedades occidentales que no se pueden obviar las preguntas y críticas a lo que se consideran acciones desmesuradas por parte de la Federación Internacional de Fútbol Asociación. No somos pocos los que nos preguntamos dónde están ahora las ideas del fútbol clásico o el fair play. Con la creación de nuevas ligas internacionales para los clubes privilegiados, recientes torneos para selecciones, así como supuestas corruptelas dentro del mismo organismo, la FIFA marca un hattrick nunca visto en la competición que deja mucho que desear.

Pero hablemos de Qatar. De los países más pequeños (pero ricos) del mundo, su presencia política ha ido progresivamente allanando terreno en la arena internacional desde 2005, cuando fue nombrado miembro no permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Pero el objeto de este artículo va más allá de cómo de bien ha sabido Qatar jugar sus cartas para maquillar lo que se considera suficientemente aceptable. La finalidad de este escrito trata de responsabilidades. Lo cierto es que no es ningún secreto que el estado socio-económico del emirato parece salido de una película de la Edad Media. No solo hablamos de un pronunciado retraso en términos de derechos como la libertad de expresión o asociación, sino también de estructuras económicas que rozan la “esclavitud moderna”. Este sistema kafala se basa en nada menos que la importación de mano de obra extranjera, sobre todo de países como Bangladesh e India, para su uso en el sector de la construcción. La persona ya no es persona; el trabajador ya no es trabajador, sino un títere en manos de compañías privadas que, en la práctica y amparados por la ley, no se hacen cargo de sus responsabilidades. Es por esto que no es difícil pensar que esta situación se haya multiplicado con el coste que ha supuesto la construcción de infraestructuras para el Mundial de 2022.

La legislación también deja de lado los derechos de las mujeres qatarís; tratadas como ciudadanas de segunda, ven su vida sujeta a la voluntad masculina sin poder reivindicar libertades como al matrimonio, divorcio, educación en el extranjero, trabajo, movimiento y acceso a la sanidad reproductiva. Aún así, más liberales que sus vecinos, la FIFA respira tranquila al saber que las mujeres en Qatar sí tienen permitido el acceso a los estadios de fútbol. Un alivio, supongo. Por no hablar de la comunidad LGTBI, invisibles e inexistentes, y es que ser homosexual en Qatar es haram, ilegal, prohibido; also así como un “perjuicio en la mente”.

A pesar de la polémica y los intentos de boicot, el Mundial ya está en marcha y va a suceder en Qatar, donde originalmente estaba planeado. Responsabilidad de la FIFA y sus prioridades monetarias. Ya hace años que a la industria futbolística se le atribuye la imagen de industria más que de fútbol. Ninguna sorpresa. A la emoción por el juego le dan sombra acontecimientos como estos que, al hincha promedio, le hace preguntarse dónde ha quedado la idea del fútbol libre y para todos. 

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