Con motivo del Día de la Hispanidad, las llamas de debates y controversias se avivan siempre con intensidad. Aunque quizás el más famoso de ellos gire en torno a la legitimidad de esta festividad, es decir, hasta qué punto debería ser conmemorativo el día en que Cristóbal Colón pisó el continente americano. El problema al que quiero arrojar un poco de atención en estas líneas es el polémico concepto del orgullo nacional en España.

España vivió casi 40 años de dictadura en el que el uso de la bandera fue absolutamente explotado. Dicha dictadura transcurrió además hace relativamente poco tras la victoria del bando “nacional” en la Guerra Civil Española. Muchas barbaridades se cometieron bajo la premisa de que todo se hacía incuestionablemente por el bien común, la nación y la patria. Teniendo en cuenta este trasfondo histórico, puede entenderse el gran complejo que tiene España con el uso de su bandera. Ignorando la cantidad de banderas que han sido colgadas en los balcones a raíz del conflicto catalán, el español medio por lo general no exhibe su bandera. Le da vergüenza. No quiere ser juzgado por los demás. No quiere ser tachado de “facha”, “fascista”, extremista, etc. La pregunta que muchos nos hacemos es: ¿Cuándo vamos a ignorar todas estas connotaciones impuestas por un pasado, que ya hemos superado como país?

El español medio debería poder decir que se siente orgulloso de su país sin miedo alguno e independientemente de su ideología política. Soy de las que piensa que un nieto no debería pagar por los pecados de su abuelo. Las nuevas generaciones deberíamos combatir contra este tabú que nunca elegimos, contra la herencia de una batalla que nunca libramos y a una etapa histórica que nunca vivimos. España tiene muchos problemas por resolver, pero, ¿y qué país no los tiene?

Yo estoy orgullosa de quiénes somos y de lo mucho que hemos conseguido superar juntos. Estoy orgullosa de nuestro carácter tan particular, de nuestra despreocupada filosofía de vida, de la calidad de vida que se respira por las calles, de cómo sabemos ser felices con muy poco, de cómo aprovechamos cualquier excusa para celebrar y reunirnos… y así podría seguir mucho más.

Por tanto, ni el duro pasado ni el difícil presente de España deberían eclipsar nuestro orgullo nacional. Considero que las nuevas generaciones no deberíamos dejarnos amedrentar por estigmas de las generaciones pasadas y decir con determinación que nos sentimos orgullosos de ser españoles, si así lo sentimos. Ojalá llegue el día en que el miedo no intimide el talento o el amor por el hogar.