Qué difícil tarea la de concentrar todo lo que está sucediendo en España en un artículo de opinión, y es que parece que fue ayer cuando nuestra máxima preocupación era si haría suficiente sol en “Plaza” para tomarnos algo después de clase o si esa noche deberíamos coger una chaqueta con nosotros para pasear por Madrid. Esta no es la primera vez ni tampoco será la última en la que el mundo se enfrenta a una pandemia global, como ya lo demostraron la Viruela, el Sarampión, la injustamente llamada Gripe Española de 1918, la Peste Negra y el VIH, más comúnmente conocido como la causa del sida. Los virus han sido siempre los asesinos en serie más antiguos de la historia. El COVID-19 no iba a ser menos, y ha generado una crisis mundial sinigual, sin precedentes.

¿Y por qué sin precedentes? El COVID-19 no es ni mucho menos la más letal de las pandemias vividas hasta ahora, no gana a las demás en capacidad infecciosa y tampoco se ha cobrado más vidas que otros brotes infecciosos. Sin embargo, sí destaca por dos factores esenciales: su rápida propagación y nuestra concepción de la vida.

Por un lado, la globalización es desgraciadamente un aliado incuestionable del virus. Así como algunas de estas pandemias no llegaron a causar estragos en algunas partes del mundo, el COVID-19 se ha hecho presente en todo el globo excepto en 19 países del mundo, la mayoría islas pequeñas y poco habitadas. Hoy en día, los flujos migratorios y comerciales que se producen diariamente por todo el mundo pavimentan incontables vías de propagación prácticamente imposibles de controlar.

Por otro lado, es innegable que los países más desarrollados, en los que existe una calidad de vida tal que permite a la tercera edad gozar de una larga vida y estirarla tanto como se pueda, no están acostumbrados a que algo trunque sus vidas de un día para otro, como lo hace un virus de esta clase. Somos una generación sobreprotegida que no ha tenido que enfrentarse a guerras, hambrunas o epidemias de este calibre. Nunca. De todos modos, no creo que tengamos la culpa de ello y no debemos soslayar el impacto emocional que puede tener la fugacidad con la que el virus arrebata las vidas de nuestros seres queridos en nosotros, agravado por la posibilidad de no poder darles un entierro digno.

Una vez explicado por qué esta pandemia es distinta de las demás, he de deciros que tengo buenas y malas noticias. Empezaré por las malas.

España es, a día de hoy, 6 de abril, el segundo país con más casos de coronavirus en el mundo, con 135.032 contagiados, tras superar a Italia hace tres días y el segundo con más víctimas mortales a causa del virus, con 13.055 muertes, habiendo superado a China hace ya más de una semana.

La Unión Europea ha hecho sentirse a los españoles profundamente abandonados. Si el Brexit ya había hecho mella en la credibilidad del proyecto de la Unión, la insolidaridad de Rutte y Merkel frente a Sánchez y Conte respecto a la mutualización de la ingente deuda que están provocando las respuestas al COVID-19, han materializado aún más la falta de confianza mutua en el Eurogrupo.

Desde el 14 de marzo que el país está en Estado de Alarma y en situación de confinamiento, el cual acaba de ser prorrogado hasta el 26 de abril y posiblemente, aún lo será más.

La falta de previsión y deficiencias de personal y material sanitario han quedado patentes en el país, lo cual, siendo honestos, puede haber sido la causa de muchas de las llamadas “muertes evitables”.

España es el país con mayor número de infectados sanitarios. Nuestro sistema de salud pública está más que saturado y nuestros profesionales médicos están desbordados y sometidos a una presión constante muy intensa. Muchas veces han carecido del material necesario para atender debidamente a los pacientes y no sólo han puesto sus vidas en peligro, sino que muchos de ellos han fallecido por ello.

El gobierno de España ha cometido muchos errores. Para algunos, lógicos, de esperar e inherentes a la gestión de una crisis de tal naturaleza, pero para muchos otros, meramente sintomáticos de la inexperiencia, incompetencia e ineptitud del nuevo gobierno de coalición, cuya peculiaridad estructural ha sido atacada en numerosas ocasiones por presuntamente dificultar el proceso de toma de decisión en un momento en el que las determinaciones deben ser rápidas y unánimes. Cabe destacar que dicho gobierno ha sido aun así respaldado por la mayoría del resto de partidos en el hemiciclo, incluido el PP, pues se trata de una cuestión de fuerza mayor, aunque como bien ha matizado Pablo Casado en su entrevista para El Mundo: “Apoyaré a Sánchez para salvar vidas, no para que arruine a España”.

Según sus críticos, las palpables faltas de diligencia y responsabilidad del gobierno fueron la celebración de la marcha del “Día de la Mujer” en el 8M, un fuerte foco de contagio ya que acudieron unas 120.000 personas, cuando España ya afrontaba un preocupante número de casos, o la compra de los famosos “tests rápidos” a una empresa no autorizada por el gobierno chino y que, por ende, carecían de homologación.

A pesar de todo, me gustaría que un mensaje en particular calara en todos aquellos que lean este artículo: esta crisis también ha sacado lo mejor de España y es importante que no dejemos que la fatalidad del virus eclipse las buenas noticias.

España es el segundo país con más recuperados del mundo, con 38.080 altas, después de China.

Hoy 5 de abril, España ha registrado la cifra más baja en muertes por coronavirus en los últimos 8 días. Hay quienes dicen que podríamos estar en la cúspide de ese pico tan esperado a partir del cual, si las medidas siguen siendo implementadas con eficacia y respetadas, la cifra podría disminuir progresivamente.

Los balcones de España han sido testigo de emotivos aplausos que se han dado todos los días, desde que comenzó el confinamiento, en señal de apoyo y agradecimiento a todo el personal sanitario que está haciendo un esfuerzo descomunal por salvar las vidas de todos los españoles.

El sector médico privado se ha puesto a total disposición de las necesidades del país, está denotando un alto nivel de compromiso y atendiendo con gran profesionalidad a los pacientes, ayudando así a aliviar la presión sobre el sector público.

En España, hay ahora un clima de hermandad, empatía y apoyo mutuo, que no se veía desde hace mucho tiempo.

Cuando hayamos vencido al virus, estoy segura de que todos vamos a apreciar mucho más el valor del contacto humano. Querremos pasar más tiempo con nuestros abuelos, a los que habremos echado muchísimo de menos. Las estaciones y las calles van a ser inundados de reencuentros, besos, caricias y abrazos. Valoraremos más nuestro sol, el aire libre y ver a nuestros amigos y familia.

España ha demostrado una vez más que se crece frente a las adversidades y está respondiendo con contundencia y de forma unísona a un virus que está sacando lo mejor de nosotros. Desde el compromiso intachable del personal sanitario que trabaja sin descanso hasta las grandes donaciones de comida que muchos restaurantes y cadenas preparan altruistamente para abastecer a los hospitales. Desde los equipos de limpieza que desinfectan hospitales y establecimientos sin pausa alguna hasta jóvenes que se ofrecen voluntariamente para hacer la compra de personas pertenecientes a grupos de riesgo, evitando que se expongan al contagio en supermercados.

Como española que soy, y estoy convencida de que hablo en nombre de muchos, quiero dar mi más sentido pésame a todos los que han perdido a un ser querido a manos de este despiadado virus. Pero también quiero dar mi más sincera enhorabuena y expresar mi gratitud a todas aquellas personas que cada día meten un gol al COVID-19 con su esfuerzo, dedicación y coraje. Gracias a todos las fuerzas y cuerpos de Seguridad del Estado, a todo el personal sanitario, limpiadores, transportistas, cocineros, bomberos y a todos aquellos que forman la primera línea de batalla contra el virus y arriesgan sus vidas para salvar las de los demás.

Espero que cuando esta pesadilla acabe, todos rindamos homenaje a todas las víctimas, así como a todos los héroes de la epidemia, con la misma fuerza y compenetración con la que estamos contraatacando a este enemigo común.

En España, no se ha respirado un “sálvese quien pueda” como en muchos otros países.
Nosotros somos y confío en que siempre seremos un “sálvese a todo el que se pueda”.

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