Me acuerdo que cuando era pequeña y vivía en México, el tema del descubrimiento de América era uno que a los profesores y profesoras les encantaba enseñar. En general, creo que la historia se hace más interesante (sobre todo cuando eres pequeño), cuando te la cuentan como si fuera un cuento, y eso era lo que me contaron: un hombre, que en ese entonces creía que era español, pero resultó ser italiano, financiado por la Corona Española, fue a aventurarse en búsqueda de una ruta más rápida para el comercio de especias. Se celebra el día en que dos mundos se conocen y se mezclan armoniosa y pacíficamente, una mezcla de la cual muchos somos es resultado. Sin embargo, según fui creciendo, me di cuenta de muchas cosas: que la vida, la historia y las guerras en específico no son un cuento.

Cristóbal Colón no descubrió América, él simplemente llegó, además de que nunca se enteró de que el lugar al que había llegado, era en realidad otro continente que no era el sudeste asiático. Por un lado, la historia sí que es cierta: dos mundos se juntaron y de ello salieron cosas muy buenas, como el chocolate. La semilla de cacao se usaba en realidad por muchos pueblos indígenas como una moneda y el sabor es amargo. No fue hasta que los europeos trajeron las cañas de azúcar, que entonces tenemos lo que hoy conocemos como las barras de chocolate. A su vez, se produjeron magníficas obras de arte y ayudaron al desarrollo económico e infraestructural del territorio. En México especialmente, los españoles nos dejaron con un sinnúmero de iglesias, estilos arquitectónicos y pueblos hermosos los cuales ellos fueron construidos de la nada. Sin embargo, hay una cierta ignorancia sobre las cosas o los impactos negativos que dejaron.

Por ejemplo, esas iglesias majestuosas que vemos, reemplazaron templos sagrados, o aquellos plantíos de cañas eran trabajados por esclavos indígenas y negros que eran explotados. También, se introdujeron las castas, es decir, la separación racial de la población. Se persiguieron a aquellos que se rehusaban a la educación católica y la cantidad de muertes a causa de masacres o enfermedades es fatídico.

Sí, se cometieron errores y sí, está bien aceptarlo. Ese es el primer paso para acabar con el resentimiento social que puede haber por toda América Latina. Como latinos y latinas, tenemos que seguir adelante y dejar de reprochar a la sociedad española por los errores de sus antepasados de hace más de 5 siglos. No fue su culpa, y no tienen porque pedir disculpas, a pesar de que el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, se lo haya pedido al Rey Felipe VI. No obstante, también es hora de que el pueblo español reconozca sus errores y se informe; solamente si hay cooperación podremos llegar a aquella mezcla armoniosa y pacífica de la que hablan en los cuentos.