El 25 de noviembre es reconocido como el Día Internacional en Contra de la Violencia de Género; y a lo largo de este día, fueron observadas miles de manifestaciones por todo el mundo, llevadas a cabo por millones y millones de mujeres y hombres.

Como ya hablé en un artículo anterior, América Latina, ¿cuál es el riesgo de ser mujer?, la violencia de género y los femicidios son la causa principal de muerte de centenares de mujeres por toda América Latina, y muchas de las protestantes son víctimas de aquella violencia. En las marchas del 25N, había gente con carteles con las fotos de sus hijas, madres, hermanas, reclamándole al gobierno por su familiar desaparecida.

El ambiente de estas manifestaciones no sólo era de tensión; era de descontento y todavía más relevante, era de furia, enojo y retaliación. Estos protestantes están furiosos por la falta de acción y la falta de sanciones por parte del gobierno, además de una carencia significativa de recursos para combatir esta crisis. Fue entonces que se vio un panorama parecido al 8M en las calles de la Ciudad de México: estatuas cubiertas en grafiti. ¿Es esto acaso un acto revolucionario y necesario, justificado por el sufrimiento de las víctimas? O, ¿un acto de vandalismo que le quita credibilidad a aquellas mujeres que piden paz?

Desde mi punto de vista, me inclino más a la segunda opción que a la primera; creo que al final, es un acto de vandalismo. Opino que aquellos actos, que no solo consistieron en pintar con grafiti monumentos históricos nacionales, sino que también se rompieron ventanas en la calle y se hizo uso de fuego y agresión física. Estos son actos de violencia, por lo que no creo que luchar por la paz con violencia sea la solución.

Antes de ser comenzar, me gustaría aclarar un par de cosas. En primer lugar, entiendo porque lo hacen; la violencia en México es uno de los factores que ha llevado al país en las condiciones deterioradas en las que está. Es una situación que afecta a millones de mujeres, de forma directa o indirecta. Segundo, yo no he sufrido ni sufro lo que aquellas mujeres, hombres y familias están viviendo. A mí no me han matado ningún familiar, y creo que por más que quiera empatizar con esas personas, hay algo que va más allá de mí, que tampoco depende de mí, que interpone una barrera. Por más que he intentado ponerme en sus zapatos, no puedo.

En teoría, eso no me da ningún derecho a andar criticando lo que hacen, pero creo en la libertad de expresión, y las repercusiones de sus actos violentos sí que me afectan. Por último, de la misma forma que los manifestantes convocaron el uso de la violencia inapropiadamente, el gobierno tampoco está respondiendo a una crisis nacional. ¿Dónde está ese presidente que puso un gobierno del pueblo para el pueblo? ¿Tapándose los ojos y negándose a ver la situación tal y como es?

La lucha por la igualdad de género y la erradicación de la violencia está solo empezando, hay mucho trabajo por delante si queremos nosotros mismos ver el cambio. Diferentes países viven diferentes realidades, y la triste realidad en México es que a las mujeres se les viola, acosa, agrede, daña y se les mata por el simple hecho de ser mujeres. Sin embargo, hay más opciones que someterse al uso de la violencia por una causa que debería ser pacífica. Tenemos que encontrarla, y si no la encontramos, pues tendremos que inventarla. Puede ser que un futuro cambie de opinión, pero hoy por hoy, opto por una opción pacífica.

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