Cuando la gente a la que quiero

pierde los papeles,

acuden a mí.

Puede que sea porque les valoro más que nadie.

Les calmo.

Les escucho.

Les cuido.

Al llegar la hora de irse,

rara vez quieren marchar.

Dicen que nada se vuelca más en ellos

que mis pensamientos.

Eso me dicen los papeles, claro.

Y es que tengo la suerte

del que escribe por placer.

Del que sabe que la vida

se desliza mejor por la tinta

y baila más libre sobre el papel.

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