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La figura del taxista ha sido deconstruida y analizada en varias ocasiones a lo largo del último siglo. Scorsese y Tarantino ambos tienen sus versiones, y hasta Spielberg nos regaló a Short Round en las aventuras de Indiana Jones. Perturbados, sabios o serviciales, los taxistas de nuestras ficciones suelen encarnar arquetipos que dejan huella en nuestra memoria, mientras que los taxistas en la vida real suelen pasar desapercibidos. Con el auge de Uber y demás, cada vez es menos necesario intercambiar palabras con aquellos en los que confiamos para llevarnos de un lado a otro, y mucho menos entablar una conversación.

Sin embargo, al aterrizar en Barajas hace un mes, no pude aguantarme. Por razones en las que ahora entraremos, aquel día no quería pedir un taxi. Pese a tenerle gran aprecio al gremio de taxistas, decidí pedir un Uber desde el parking del aeropuerto. Todo estudiante de nuestra universidad sabe el lío que es encontrar el punto de recogida Uber en Barajas, así que no daré detalles salvo el consejo de no encargar con demasiada antelación. El coche que vino a por mí resultó ser un taxi de todos modos y, una vez dentro, me puse a hablar.

Necesitaba tratar un tema en particular, algo por lo que ya había programado una hora con mi analista para el día siguiente. Pero visto que el tema trataba de taxistas, decidí adelantar mi sesión. Como siempre, hay que hablar de otras cosas primero para establecer un punto común entre mi diván y el asiento del conductor. Tuve suerte con mi taxista, ya que no solo tenía ganas de hablar, sino también cosas que decir. Tenía muchas opiniones sobre el futuro de los taxis, cómo convivir con el modelo de Uber y sobre cómo hacer su labor. Me pareció que ya era hora de ir al grano.

Primero, un poco de contexto. En marzo de este año, acompañé a mi pareja al aeropuerto después de un finde en Segovia. Habíamos cogido un tren a Chamartín y, desde ahí, cogimos un taxi a Barajas. Una vez en la entrada de salidas, nuestro taxista nos revela que las tarifas son acumulativas y que, al precio (que yo sepa fijo) al aeropuerto, se le suma la salida desde una estación de tren, el peaje, y el bulto de la maleta.

Al oír esto, el buen taxista suspiró. A él también le perjudican estos pocos taxistas malos, que ensucian la imagen del gremio y pierden clientes para todos. El precio fijo para ir al aeropuerto existe, entre otras razones, para impedir que ciertos taxistas se aprovechen de extranjeros que no puedan defenderse en español, algo muy relevante para estudiantes internacionales como nosotros. Lo mejor que podemos hacer frente a estos casos, según mi taxiterapueta, es denunciarlos a la oficina de taxis, aunque a todos nos falta tiempo para estos temas burocráticos.

Otro punto de relevancia que me compartió el buen conductor fue que estos taxistas aprovechados se suelen posicionar en Chamartín para usar la estafa de la tarifa fija y que nos aseguremos al subirnos de que el precio fijo es el que esperamos para ir seguros. Una vez concluido mi flashback, empecé con la razón por la cual había pedido un Uber y no un taxi en mi regreso a Madrid: resultó que al principio del finde, en mi viaje de ida, tracé el mismo camino que en marzo. Tren y luego taxi. Y resultó que el taxista que me recogió hace un mes era el mismo taxista que en marzo. 

Esta vez estaba preparado, equipado con la confianza de tener razón y sabiendo lo que tenía que hacer para que no me timara. Cuando me dijo el precio, ya había caído en mi trampa. Le dije que se equivocaba y me invitó a llamar a la policía. Es exactamente lo que hice, pero mientras esperábamos se calentaron las cosas. Me gritaba que le pagase incluso después de preguntarle a la gente que nos hizo de público y a otros taxistas que me dieron la razón. Al final aceptó el precio fijo y viendo que no venía la policía decidí dejarlo ahí y pagarle. Sonó el pago en su datáfono y, acto seguido, me escupió en la cara. 

El buen taxista no se lo podía creer: ahí me invitó de nuevo a denunciarle. Desde el punto de vista terapéutico, es importante devolver siempre las agresiones y conlleva menos riesgo devolverlas por la vía legal. En cambio, en mi viaje de ida, había decidido tomar la vía personal, donde reina el riesgo y la ley del más fuerte, y me llevé un escupitajo. 

Me alegra que en mi viaje de vuelta, por mucho que no quisiera pedir un taxi, me tocase uno de todos modos. Muchas veces dejamos que las excepciones nos amarguen las reglas, por lo que fue un buen recordatorio de la bondad del taxista promedio. Esta película no la dirigió ni Scorsese, ni Tarantino, ni Spielberg, aunque parezca escrita por Kafka o por Camus. Supongo que queda en mis manos transmitirla con la esperanza de que encontréis moralejas, aunque emanen de la realidad y no de una ficción. 

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