La torpeza de mi pie derecho provoca que nos resbalemos y deslicemos hasta ser frenados por lo que parecían los cubos de basura de un restaurante. Mis ganas de apresarle me ciegan tanto que ni siquiera me percato del mal olor que desprendía todo el callejón, como la sangre a los tiburones. De un salto me levanto y sigo corriendo a una velocidad que ni yo misma sabía que podía llegar a alcanzar. A pesar de la caída, logro ver cómo ha optado por subir por una escalera de incendios. Me sitúo bajo ellas y salto, tras unos segundos tirando de mi propio peso con mis brazos logro hincar la rodilla en el primer peldaño frío y metálico.

Subo la escalera de forma ágil, afortunadamente mis piernas y mis brazos fueron más veloces en llegar a la azotea que mi miedo a las alturas a mi consciencia. Le veo a escasos metros del borde del edificio, en el lado contrario del de la escalera. Continúo corriendo como si me fuera la vida en ello. No iba a dejar que se me escapara, tampoco que una persecución de tal exigencia física, calidad cinematográfica e importancia, acabara habiendo sido en vano. Me mira directamente a los ojos, esperando a saltar en ese preciso instante que hará que me maldiga por no haber sido un segundo más rápida y que llegue a rozarle la espalda, pero no consiga cogerle. Pronóstico acertado. Cuando estoy a punto de alcanzarle, comienza a coger carrerilla y antes de que las yemas de mis dedos logren cogerle de la camiseta, salta al vacío. Empieza a sobrevolar los edificios y a entremezclarse con lo que parece un mar de algodón. Cada vez le pierdo más la pista de vista; hasta que se esfuma, fundiéndose con la inmensidad del cielo.

Esta, es la sensación que se me queda en el cuerpo, cada vez que vivo algo que me emociona y no logro escribir sobre ello inmediatamente. Cada milésima de segundo que pasa merma mi percepción sobre lo vivido. Algo que me quita el sueño si le sumamos el hecho de que de por sí, existen momentos que nunca llegaré a reproducir fielmente con palabras.

Porque mi mayor fobia es olvidar lo que mis ojos han visto. Porque mi mayor temor es olvidar lo que mi corazón ha sentido. Porque mi más importante tarea es rescatar todo lo que pueda del olvido. Porque cuando el tiempo se ciña cada vez más sobre mi piel, encontrará consuelo al saber que durante mucho tiempo fue gran discípula de la vida.

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