Querido Marcos:

Permítame empezar con un querido, y no “estimado Marcos”, porque, esta vez, esta carta es para Usted y, como lo indicó un día, no hay un estimado público, o público por estimar, aunque sean varias personas quienes lean este texto; pues, Mundstock hay uno sólo. Hoy, su partida, lamentablemente, además de ser verídica, también es cierta, y de cada diez personas que lloran su migración al más allá, cinco son la mitad. ¿Por dónde empezar?

Gracias por introducir al compositor incompetente más capaz de la historia, Johann Sebastián Mastropiero –creador de cumbias, sonatas, boleros, baladas, música de campaña electoral, entre otras obras maestras– a nuestras vidas, aunque es probable que todo lo que hayamos escuchado acerca de él sea realmente de Günther Frager. Su carpeta roja, sus monólogos y su voz inconfundible serán echados en falta por todo aquel que tuvo la fortuna de escucharle. Incluso los niños, siendo seres pensantes y hasta casi seres humanos, le extrañarán a usted y sus ocurrencias.

No se verán más “kermeses de los sábados” todos los domingos, pero le aseguro que, como yo, habrá miles que nos encargaremos de esparcir sus enseñanzas de vida, así como usted tomó como misión propia reproducir la filosofía de Warren Sánchez. Puesto que, a fin de cuentas, pocas personas entienden que la oración va más allá de súplica y fervor, de ruego y plegaria, y que radica en el sujeto y el predicado, porque nunca se sentirá mejor un sujeto que cuando haya predicado. La frontalidad y la sinceridad para hablar sobre la vida son necesarias; son cualidades humanas que necesita todo el mundo. Por eso, no se preocupe, siendo fiel seguidor suyo, si alguna vez erro, como es de humanos, al igual que Mastropiero con su cumbia para las hormonas, me encargaré de echarle la culpa a alguien más, porque es más humano todavía.

Por otra parte, cómo olvidar reflexiones profundas que dejaron exhortos a más de un centenar de papás, o papases, y mamás, o mamases. Cuando se críe un niño que no quiera tomar la sopa, y se lo amenace con llamar al cuco, ¿qué pasará si el cuco tampoco quiere tomar la sopa? Por eso, a los niños hay que decirles siempre la verdad.

Hay mensajes que uno tiende a olvidar, y es que, tristemente, episodios como éste, recrudecen la realidad y la fragilidad, de la vida; por eso, siempre hay que tener presente que “time is money”, y para aquellos que no entiendan el inglés, “el tiempo es un maní”, que no debe confundirse con Collegium armonicum, Curriculum collegium, Curriculum plus ultra, Aquarium marenostrum o Interrumptus contranatura; todas expresiones en latín, idioma entrañablemente cercano al inglés, aunque Carmen de Bizet y Clarita de Luna no estén de acuerdo.

Sin embargo, y perdóneme la crudeza con la que se lo digo, pero también tengo un reclamo que hacerle. Hace más o menos un año, en su intervención en el Congreso de la Lengua Española, me sembró una duda que temo que nadie pueda resolvérmela. Al hablar de la importancia de las cosas, ¿qué tiene más valor?, “me importa…” ¿un comino?, ¿medio pimiento?, o ¿tres pepinos? Además, a raíz de esa misma intervención, vivo con el miedo, como usted supo manifestarlo a la perfección, de que llegue el día en el que un ejército de bledos se quiera vengar de nosotros, los hispanoparlantes, por tantos siglos de ninguneo, sin que nadie sepa lo que es un bledo.

Ahora y acudiendo a su faceta más política, hay momentos que pocas personas quisieran olvidar y que reflejan el mundo en el que vivimos. Lamentablemente, como nos lo recordó usted en varias ocasiones, siempre existirán políticos, como los del Frente Liberal Estatista Lista Azul, que no hayan integrado comisiones importantes, pero que sí las hayan cobrado; y así como los gobiernos se cansaron de robar, también estarán aquellos que son incansables. Los políticos como Ortega, que han sabido sobreponer a los mezquinos intereses partidista y los supremos intereses personales, tampoco dejarán de hallarse, y es de ellos de quienes más debemos cuidarnos.

Si hay algo de lo que estoy seguro es que, para este momento, ya se habrá reencontrado con Daniel, donde sea que estén, para continuar con sus inmortales bi-ólogos, porque solo ustedes dos tienen la cordura suficiente para poder hablar sobre Esther Píscore y sobre la hermenéutica telúrica incaica que trastrueca la peripatética anotrética de la filosofía aristotélica, por la inicuidad fáctica de los diálogos socráticos no dogmáticos.

Para terminar, también quisiera decirle que esta vez se equivocó; no todo tiempo pasado fue anterior; no, Marcos, usted perdurará por siglos. Por eso, lo dejo con tres palabras: ¡mil gracias!

Atentamente,

Emilio Flor, un fiel admirador suyo

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