El martes 7 de enero de 2020 fue un 7 de enero atípico. Los telediarios no los acaparaban imágenes y vídeos de niños estrenando sus regalos como suele ocurrir tras el día de Reyes, ni siquiera se enfocaron en la vuelta a la vida laboral de gran parte de España. La atención del país entero estaba puesta en un lugar y hombre muy concretos: el Congreso de los Diputados y el líder socialista Pedro Sánchez.

Una vez transcurrido el debate de investidura, catalogado como una auténtica batalla dialéctica impregnada por un grado de crispación pocas veces visto por el hemiciclo, el candidato fue investido por tan sólo dos votos de margen tras obtener la mayoría simple necesaria en la segunda votación, según lo estipulado en el artículo 99 de la Constitución Española. Cabe destacar que esta ha sido la mayoría simple menos holgada alcanzada de la democracia española.

Uno de los actos más comentados de dicha sesión fue la negativa de Ana Oramas para que Pedro Sánchez fuera investido presidente, desobedeciendo así la disciplina de voto de su partido, Coalición Canaria, la que había acordado abstenerse. Hace días conocimos que la diputada ha sido sancionada con una multa de 1.000€, como consecuencia de su indisciplina materializada en el cambio de sentido de su voto en la sesión de investidura de Pedro Sánchez. A pesar de sorpresas como esta, Sánchez fue investido presidente gracias a las abstenciones decisivas de Esquerra Republicana de Catalunya [ERC] y EH Bildu. Sánchez se ha enfrentado a fuertes críticas y ha sido acusado de “vendepatrias” en repetidas ocasiones dado que, para asegurar la abstención de ERC, el nuevo Gobierno se ha comprometido a garantizar una mesa de negociación bilateral con la Generalitat para afrontar el desafío secesionista. Sin embargo, este ha reiterado con frecuencia que bajo su mandato no se romperá España y toda decisión estará amparada bajo la Constitución Española.

El resultado de tal agitada investidura ha sido el de un Gobierno formado por el PSOE y Unidas Podemos, que destaca por ser el primer Gobierno de coalición en España desde la llegada de la democracia, todo un acontecimiento en la historia política del país. El gobierno de coalición es un fenómeno propio del sistema parlamentario, una vía para inhabilitar la formación de gobierno muy bien asentada en numerosos países europeos, pero no en España, cuya trayectoria democrática viene marcada por una tradición de corte bipartidista. PSOE y Unidas Podemos deberán tomar decisiones conjuntamente a través de la cooperación y el entendimiento mutuo. Dicho nuevo Gobierno, dada su nueva naturaleza, ha dado lugar a cuatro vicepresidencias cuyos marcos de actuación serán los pilares centrales que sustentaron el discurso de investidura del presidente: Carmen Calvo, vicepresidenta primera y ministra de la Presidencia, se ocupará de Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática; seguida de Pablo Iglesias como vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030; Nadia Calviño figurará como vicepresidenta tercera y ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital; y finalmente Teresa Ribera será vicepresidenta cuarta y ministra para la Transición Ecológica y el Reto. Como podemos observar, Pablo Iglesias, líder y único vicepresidente de Unidas Podemos, ocupará una posición de gran relevancia en el nuevo ejecutivo. Además, dicho nuevo Gobierno contará con un total de 18 ministros.

Hay quienes temen lo peor de esta nueva aventura democrática en la que el PSOE ha logrado embarcar a España, sobre todo por los rumores sobre el advenimiento de una nueva crisis económica en Europa bajo el liderazgo socialista. Sin embargo, ignorando por completo el carácter ideológico del nuevo Gobierno, muchos insisten en dar la bienvenida con los brazos abiertos a este nuevo reto político para el país. Pronto sabremos si estamos siendo testigos del comienzo de una práctica democrática que podría instalarse en nuestro sistema. Quizás sea el gobierno de coalición el cambio que muchos españoles ansiaban, un cambio decididamente arriesgado, pero que su éxito podría ser interpretado como una muestra de la madurez política que España, poco a poco, trabaja y alcanza.

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