El mundo es un lugar feo, no hay duda. Pero hay momentos – puntuales – en los que solo somos mortales con ganas de distraernos de él. No hay ‘nosotros’ ni ‘ellos’, no hay empleador ni empleado, ni izquierdistas ni derechistas, simplemente hay cervezas y pasión por su equipo de fútbol. Por eso, pido disculpas de antemano sí reconozco que, la sonrisa deslumbrante de mi padre junto a mi hermano al llegar del Bernabéu con un “¡Hemos ganado!” siempre me ha sido indiferente. Al igual que los comentarios clandestinamente caídos en la sobremesa que empezaban por ‘han fichado a’ o ‘El Madrid ha pagado 100 millones para’ y terminaban con nombres que nunca conseguía recordar. Sé que uno es cristiano. Sin embargo, entre todas las veces que huía de las letras G-O-L estallando del cuarto de televisión, es después de ver La Mano de Dios que, por fin, entiendo la magia de esas tres letras.

Porque al final del día eso es lo que buscamos todos: distraernos de la realidad con algo de magia. Para ser más específicos, si eres Federico Fellini, con películas: “las películas no sirven para nada, pero distraen de la realidad, y la realidad es penosa.” Esto le cita el director de cine italiano, Antonio Capuano, al protagonista de esta película coming-of-age autobiográfica de Sorrentino, Fabio Schisa, mejor conocido como Fabietto. Escuálido y silencioso, grimoso pero entrañable, Fabietto ama tres cosas (con la excepción de su infatuación por su tía Patrizia): la filosofía, su familia, y el futbolista Maradona. Y ¿Quién le culparía? Su familia, grotesca y pintoresca, tiene como núcleo a su madre Maria Schisa, malabarista de naranjas adepta, y a su padre Saverio Schisa, banquero comunista, cuyas idiosincrasias incluyen no comprar un mando de televisión (pero si una televisión) y un lenguaje secreto compuesto de silbidos. También incluye a su hermano mayor, Marchino, un actor aspirante que pierde la esperanza cuando critican su cara como “demasiado convencional” en una audición. Cuando esta familia no se esta insultando, aconsejando o abrazando, está anticipando el próximo movimiento de Maradona, cuyo partido de estreno con Nápoles salvará a Fabio y su hermano de un fin de semana que habría sido de lo contrario, fatal.

Desde el comienzo, con una invitación íntima a una comida familiar a la Schisa, dando vistas a un paraíso napolitano, es difícil no entrañarse de las imperfecciones y deformidades de cada uno. Sorrentino es fiel a esta complejidad a través de toda la película: los bellos también están locos, los desgraciados también compadecen, los viejos también tienen libido, los simpáticos también engañan, los genios también tienen miedo y los que más disfrutan de la vida, también mueren.

La película es una amalgama cinemática, es contradicción, es carcajadas después del apogeo trágico y llantos justo cuando todo parece que pinta bien. Lo mismo aplica al homenaje del futbolista argentino, el mismo que ha denominado el título de la película a pesar de ser mencionado brevemente y enseñado minúsculamente a través de una meta-pantalla. Quizás sea porque una invasión de imágenes del futbolista dañaría el propósito: el homenaje no esta en quién Maradona es, sino en la creación que ha sido únicamente posible gracias a él. Proyectado en la trama y la producción, La Mano de Dios es un fruto puro de Maradona en todos los sentidos. Darle un giro a lo esperado no es nada nuevo de Sorrentino, pero lo que choca es el hecho de que la pura esencia de su firma este explorada en su máxime desde un lugar de introspección: sin ficciones, ni efectos especiales, lo bello en la tragedia y lo trágico en la belleza esta incrustado en el propio ADN del director de cine.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here