A Robert Pattinson le ha llevado catorce años su conversión de vampiro en murciélago, pero el resultado parece haber merecido la espera. Es éxito en taquilla, aclamada por crítica y audiencia, y cuenta con un estilo noir más cercano a David Fincher que a Christopher Nolan. The Batman ha triunfado, pese a que narra la historia de uno de los personajes más adaptados de la historia del cine —una vez más. Su apabullante repercusión pone en evidencia una nueva tendencia: el mundo parece rendirse a los pies de los superhéroes. De las diez películas que más dinero han recaudado en la historia, cuatro pertenecen al género.

Primero, tímidamente, fue Marvel. Sus ganancias fueron aumentando; la inversión y el presupuesto de sus franquicias se incrementaron gracias a la incorporación de actores de talla mundial. En respuesta, el mundo del cine se revolvió, asustado. No fueron pocos los directores que, como Scorsese o Ridley Scott, arremetieron contra lo que se considera una estructura narrativa comercial, predecible y arquetípica. Además de su dudosa calidad, advirtieron de los peligros de su supremacía en taquilla, que pone en riesgo menores producciones. A sus ojos, el cine de autor empequeñece ante la fuerza de Iron Man.

Después, la competencia decidió relanzar sus viejos éxitos. Wonder Woman resurgió en minifalda, Liga de la Justicia (inicialmente, sin la versión extendida de Snyder) se desinfló y el personaje de Batman retuvo a Ben Affleck menos de lo que a Bruce Wayne le aguantan los trajes. Las similitudes con el universo de Marvel eran claras, pero su versión no fue tan bien acogida por el gran público. Sus esfuerzos se daban prácticamente por perdidos, pero entonces… entonces, llegaron Todd Phillips y su Joker.

Ganó dos premios Oscar, uno para Joaquin Phoenix en la categoría de mejor actor y otro para su banda sonora. Sus nominaciones ascendieron a once, y en el Festival de Venecia se alzó con el León de Oro a mejor película. Los rumores que sugerían que causaba estallidos de violencia en las salas de cine no hicieron más que aumentar su popularidad. Esta vez, algo cambiaba. Esta vez, era cine de verdad

Se abría el camino para lo que sería The Batman, una nueva aproximación al género alejada de lo que había conseguido Marvel. Más adulta, oscura y violenta, sin alivios cómicos y sin ser apta para todos los públicos. Simultáneamente, otras obras comenzaban a reírse de sus orígenes; la decadencia defendida por El Escuadrón Suicida, Peacemaker y la desconocida Le llamaban Jeeg Robot funcionaron igual de bien.

Las historias son las mismas. Los personajes, los de siempre. Sus orígenes y desenlaces, conocidos desde la infancia. 

¿Qué causa tal apego por los superhéroes? ¿Por qué gustan siempre, sean sinceros y altivos, valientes o cobardes, violentos y gamberros? ¿Por qué obras que van un paso más allá, como Invencible o Watchmen, fascinan de la misma manera?

La familiaridad y calma que desprende lo conocido ayuda en sobremanera a que conectemos con sus historias. No es de extrañar que otras franquicias hayan optado por remakes pues son una apuesta segura. Volvemos a nuestras películas favoritas con la tranquilidad de quien sabe qué no habrá sorpresas: el bueno triunfará sobre el malo, gracias al poder de la amistad. Acogemos a los personajes como a viejos amigos porque llevamos años a su lado. La fórmula de Spiderman: No Way Home contribuye a la demostración de que, lo que realmente deseamos, es lo de siempre. 

Por otro lado, en un mundo convulso, la mitología ayuda a explicar lo incompresible y da nombres a las cualidades heroicas a las que debemos aspirar. Puede que no sea Zeus (o Júpiter, según la versión latina) quien dirija el Olimpo, sino un ricachón en un traje volador o un periodista extraterrestre con visión calorífica; puede que los talones ya no sean la debilidad de Aquiles, pero siempre quedará la codicia de Midas o la vanidad de Narciso. El cine de superhéroes representa los mitos modernos, los de las redes sociales y las colas en la Comic-Con. Nuestra devoción se extiende a actores y guionistas, pero persiste el halo de divinidad y el interés por el viaje del héroe: nos gustan los humanos con habilidades extraordinarias en circunstancias excepcionales. Y nos gustan, aún más, los finales felices.

Esta tendencia narrativa responde a los miedos e inquietudes de nuestra sociedad. La mezcla que presentan, tradición e inspiración envueltos por escasos dilemas, son cómodos. Un halo de seguridad. Se puede ir en familia al cine y explicar poco, o incluso nada, a los más pequeños. Salir, tirar las palomitas, comprar un cómic y seguir apaciblemente la rutina con un escape más. Llegar a casa, volver a ver la misma película, esta vez con amigos, y reír de nuevo. Puede que, con el paso del tiempo, se convierta en un rincón al que recurrir los días grises.

De su esencia surgen las críticas: son consideradas películas simples, dañinas para la deseada complejidad del séptimo arte. Toman al espectador por tonto y lo llevan de la mano. Sin embargo, una vez obras como The Boys presentan cuestiones como la discriminación por género e identidad sexual ¿En qué se basan los detractores del cine de superhéroes? Si el espectador aplaude y el profesional asiente, ¿qué diferencia a The Batman de Seven? Y si se reconoce el valor cinematográfico de los superhéroes… ¿acabarán por arrasar con otros géneros? ¿Nos encontramos ante una nueva era narrativa? ¿O simplemente se comienza a valorar lo que aprecian las grandes masas? 

Todas ellas son preguntas que ponen en evidencia la evolución de una industria avariciosa, que se adaptará a lo que presente mayores beneficios. Para responderlas, es probable que el paso del tiempo sea la única fórmula aplicable. Puede que la corriente desaparezca, tal como vino. O puede que se asiente y se desarrolle, sorprendiendo de nuevo, con el trasfondo de las obras más socialmente comprometidas.

En un periodo que acoge a The Batman, tal vez, sigamos buscando el camino a Ítaca.

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