«Las mujeres tumbaremos a los ayatolás»

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No es fácil formar parte de una revolución a 5.000 kilómetros de distancia, pero estos días, a su manera, Aira, Fariba, Nely, Mediss, Sahim y Ryma se sienten partícipes de la rebelión que hay desatada en su país. Las propuestas propagadas por Irán a raíz de la muerte de la joven Masha Amini el 16 de septiembre tras ser detenida por la policía de la moral por llevar mal colocado el pañuelo, han despertado en ellas una esperanza de libertad que no habían conocido antes.

No, al menos, con esta nitidez. Viven en España desde hace años -algunas desde que los islamistas instauraron su régimen teocrático en 1979- y tienen el pálpito de que en esta ocasión, a diferencia de otras movilizaciones que hubo en el pasado, que se saldaron con la frustración de la población y una mayor represión policial, concurren circunstancias que las animan a pensar en un cambio histórico en su país.

Esta vez la rebeliín cuenta con un símbolo que no tuvieron antes -Masha Amini y su velo lanzado al viento, convertida en icono de la revuelta-, en ella se han implicado múltiples sectores de la sociedad iraní y el protagonismo lo están acaparando dos colectivos -las mujeres y los jóvenes- que se han alzado con una ira y una determinación nunca vistos.

Aira <<La última vez que estuve en Irán me prometí no volver hasta que fuera un país libre>>

En España hay censados 7.081 iranís, de los que 3.340 son mujeres. Fariba Ehsan es una de ellas desde hace 28 años -«No soy una emigrante, soy refugiada. Cuando nació mi hija, me negué a criarla en un lugar tan misógicno como Irán», aclara – y estos días contiene la respiración ante las imágenes y noticias que llegan de su país porque en ellas encuentra señales que no había detectado en otras ocasiones. «Veo a la gente saliendo a la calle con unas ganas de cambio y una fe en lograrlo que no habían mostrado en el pasado. Desde la distancia, y por lo que me van contando las personas de allí con las que hablo, la sensación es que estamos ante un volcán que llevaba muchos años conteniéndose y que al fin ha estallado», opina.

De izquierda a derecha, Aira, Fariba Ehsan, Nilufar Saberi, Sahim Hosseinikhah, Mediss Tavakkoli y Rima Sheermohammad

Ehsan se dedica al negocio de las alfombras persas y preside la Asociación pro Derechos Humanos en Irán. Estos días se multiplica para acudir a las concentraciones que se están convocando en multitud de ciudades españolas en apoyo de las revueltas populares que tienen lugar en su país, en las que no suelen faltar las pancartas con el dibujo de Amini despojada del hiyab, un gesto que han replicado miles de mujeres iraníes, sobre todo jóvenes, en infinidad de vídeos que circulan por las redes etiquetados con el hashtag #MashaAmini.

“Esa imagen es revolucionaria”, reconoce Sahim Hosseinikhah, iraní de 43 años con nueve de residencia en España, que se confiesa “emocionada” ante “el coraje y la valentía” que están demostrando sus paisanas de menor edad. “Hace poco habría sido impensable que una chica se atreviese a quitarse el pañuelo delante de la policía y le plantase cara, o que se grabase con el móvil cortándose el pelo a modo de protesta, pero esta generación es distinta. Se informan por las redes sociales, saben lo que ocurre fuera de Irán y no están dispuestas a arruinar sus vidas sometidas a unas leyes que consideran injustas”, explica esta profesional del sector del marketing que aún no ha olvidado la reacción que tuvo el día que pisó un aeropuerto español por primera vez y un agente le pidió el pasaporte. “Me eché a temblar porque, en mi país, una llamada de la policía es sinónimo de problemas serios. Tardé tiempo en interiorizar que no tenía que sentir miedo a esos señores que veía por la calle vestidos de uniforme”, recuerda.

Toda revolución que se precie debe tener un símbolo que la galvanice. La que se desarrolla estos días en Irán parece pivotar sobre un trozo de tela que alberga muchas más implicaciones que ser una simple prenda de vestir. “No es casual que esto haya empezado por el hiyab. El pañuelo simboliza el sometimiento que sufrimos las mujeres en mi país y es el sello de identidad de la república islámica. Por eso temen que nos lo quitemos. Saben que si cae el velo, caerá el régimen”, analiza Nilufar Saberi.

Nely –así le gusta que la llamen- conserva nítido en su memoria el día que su familia huyó de su país y se refugió en España cuando tenía 14 años al poco de estallar la revolución –otra revolución- que llevó a Jomeini al poder. De firmes ideas progresistas y discurso aguerrido, a sus 56 años no ha olvidado la decepción que supuso para sus paisanas pasar de la monarquía corrupta del Sha a la teocracia de los clérigos chiíes. “Llegaron prometiendo justicia y libertad y lo primero que hicieron fue encerrarnos en casa, plantarnos el hiyab y avisarnos: o velo, o palo. Las mujeres tenemos mucho poder porque transmitimos la vida y los valores. Por eso nos reprimen. Somos quienes podemos tumbar a los ayatolas”, avisa esta administrativa y activista de los derechos humanos.

La psicóloga Mediss Tavakkoli no puede evitar las lágrimas al hablar de la situación de la mujer en su país. “Somos propiedad de los hombres. No podemos dar un paso sin el permiso de nuestros padres o maridos, pero ellos pueden apalearnos, violarnos y matarnos sin que pase nada. Lo que le ha ocurrido a Masha Amini nos puede suceder a cualquiera”, dice entre sollozos.

En primavera, Mediss leerá la tesis del doctorado en psicología clínica que está cursando en una universidad madrileña –el tercero que suma a su currículum-, pero se estremece al hablar de un futuro personal que, irremediablemente, ve ligado al que sus paisanas se están jugando estos días en las calles. “Quiero ser profesora universitaria en mi país, pero me niego a vivir oculta bajo un velo y sometida al mandato de los hombres. Si Irán no cambia, me convertiré en una refugiada más, como hay tantos escritores, académicos y científicos paisanos míos refugiados por el mundo”, pronostica.

En las voces y miradas de las mujeres iraníes que viven en España se mezcla estos días la ilusión por la promesa de libertad que han despertado las revueltas y la sospecha de que el cambio no será tan rápido e indoloro como desearían. En las concentraciones y declaraciones públicas suelen repetir la palabra victoria, pero saben que los regímenes totalitarios no suelen ceder el poder fácilmente, y el iraní no tiene fama de mano blanda, precisamente.

“Las dictaduras suelen aguantar cuatro décadas. La nuestra lleva 43 años, ya va tocando su caída, pero me inquieta pensar en los que tendrán que dar sus vidas para lograrlo”, suspira Saberi. “Quizá no ocurra mañana, ni pasado, pero desde hace dos semanas se ha quebrado algo en Irán. La sociedad ha despertado, y eso no había pasado antes”, analiza Tavakkoli.

Entre sueños de democracia y pesadillas con la represión islamista, todas son conscientes de que la rebelión ciudadana que está agitando Irán adolece de un liderazgo político que dote de rostro y discurso al proceso de cambio. “Alguien preguntaba ayer en Instagram: ¿y después de los ayatolas quién viene? Y nadie supo qué responder”, advierte Sahim Hosseinikhah.

En opinión de Ryma Sheermohammadi, intérprete y traductora iraní vecina de Barcelona desde hace 30 años, la falta de una figura que se vislumbre como alternativa al poder de Jamenei y sus clérigos puede ser más una ventaja que un inconveniente. “Después de tantos años de líderes absolutos, Irán no necesita otro salvador que llegue cargado de promesas. Es mejor que los movimientos populares vayan de abajo arriba que al revés”, señala. 

El último libro que Ryma ha traducido del persa ha sido ‘Poemas enjaulados’, obra de Mahvash Sabet, poeta iraní perteneciente a la minoría religiosa bahai que pasó diez años encarcelada por el régimen de Teheran. Según Sheermohammadi, su historia resume la tragedia que persigue a su país. “Desde fuera, a menudo se piensa que Irán es un país monolítico entregado al fervor religioso. En realidad es muy plural y el integrismo solo lo practican que ostentan el poder. La sociedad iraní es muy secular y cuatro décadas de teocracia no han conseguido que renuncie a sus aspiraciones de democracia, igual que Sabet no renunció a sus creencias tras diez años de cárcel. Irán es un país enjaulado que sueña con la libertad”, explica.

Que esa aspiración se haga pronto realidad o tenga que seguir esperando el sueño de los justos va a depender, en gran medida, de cómo reaccione la comunidad internacional ante la represión que el gobierno de Ebrahim Raisi, del partido Sociedad del Clero Combatiente, está ejerciendo sobre los manifestantes. En dos semanas de protestas, los muertos se cuentan por decenas y los represaliados por centenares. “Por eso es tan importante que los países democráticos reaccionen y no den la espalda a lo que está pasando en Irán. No permitan que el régimen islamista siga masacrando a nuestro pueblo”, suplica Aira.

Por edad y vocación política, hoy podría ser una de las jóvenes que aparecen en los vídeos que circulan por las redes enfrentándose a la policía, pero el destino quiso que sus padres se conocieran en Noruega, el país en el que se refugiaron huyendo de los ayatolas y donde ella y su hermano nacieron y crecieron, pero en contacto permanente con la cultura iraní.

Ahora tiene 23 años y lleva cuatro estudiando Derecho y Relaciones Internacionales en una universidad de Madrid. Cuando termine de formarse, le gustaría participar en el proceso democrático de su país, pero antes deben cumplirse las condiciones que se prometió a sí misma la última vez que lo visitó. “Tenía 16 años, iba de turismo con mi familia por la ciudad de Isfahan y llevaba una túnica que me cubría todo el cuerpo pero, de repente, se me acercó una policía para preguntarme a gritos si no me daba vergüenza ir provocando a los hombres. Me dije que no volvería a Irán hasta que fuera un país libre”, recuerda.

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