Empecé a escribir antes de ser capaz de leer. Las letras me parecían trazos, pinceladas, y poco importaba lo que significaran. Supe narrar al aprender a leer. A partir de ese momento, en vez de una tonalidad, conseguía el cuadro entero. Y me gustaba, claro que me gustaba. Miraba el paisaje con el que había soñado, a pesar de no haberlo visto nunca antes. Una imagen creada a partir de mis propias manos, desafiante ante la falta de un sol que se pusiera solo para mí. 

A lo largo de los años, he escrito decenas de cuentos (entretenidos), cientos de microrrelatos (curiosos), un puñado de poemas (mediocres), algunos intentos de novelas (insustanciales) y dos libros (aceptables). Me han publicado en cuatro ocasiones y han hecho un podcast con una de mis narraciones cortas. Suena dulce y fácil, pero no es más que una carrera de fondo; sudoroso y pesado, a ratos gratificante, habitualmente agotador. La gran mayoría de las veces, no se tienen ni el tiempo, ni las ganas ni la inspiración. Aunque la ambición por ser escuchado —la mía, desde que tengo uso de razón— empuja a volver a crear, muchas veces no es suficiente. Lo poco que me ayuda se resume en estas palabras.

En primer lugar, hay que escuchar; la gente tiene sus propias historias y serán mejores que aquellas que puedas inventar. Escuchar y apuntar, sin prejuicios, sin filtros. Aprender y reconocer la personalidad tras las anécdotas, plasmarla en tus personajes para que tengan la profundidad de tus amigos (y enemigos). Recurrir a cualquier medio que te permita crear apuntes rápidos y formar una descripción de tu mundo a pequeña escala.

A continuación, no te detengas. Aunque no te guste tu idea, dale una segunda oportunidad. Aunque aquel párrafo parezca obra de un niño, escribe la página entera. Aunque tengas una mísera hora a la semana para dedicarte a escribir, planea una gran obra. Y valora cada texto con la mente de un lector, no solo con la inquietud y escepticismo del escritor. Porque, probablemente, tú seas tu mayor admirador.

Sobre todo, cabe comprender la clave del novelista, entregada por Neil Gaiman. El autor de Coraline declaró que quien escribía solo en sus momentos de inspiración podría llegar a ser un buen poeta, pero que no tendría futuro como escritor. Si tu objetivo va más allá del disfrutar del proceso de escritura, planea tu historia y acata sus exigencias, incluso cuando sientas que tienes el carisma de un papeleo administrativo. La constancia y la organización son claves para los proyectos a largo plazo (te lo digo yo, que he terminado dos de las diez novelas que he empezado a escribir).

La inspiración suele ser un animal salvaje, difícilmente domable. En los momentos de sequía, he atesorado varias fuentes, trucos sencillos que me permiten sacar algún oasis del desierto. El más simple consiste en abrir un libro, el que sea, y escoger una página al azar sobre la que inspirarte. Otro se apoya en reinventar expresiones, dichos o cuentos populares (puede que, literalmente, se te caiga un tornillo o lleves el corazón en la mano; puede que la Bella Durmiente tenga insomnio o que Cenicienta corra descalza). Como último recurso, escribe una lista con palabras absurdas e inconexas; lucha por otorgarle un sentido al caos.

El primer cuento con el que gané un concurso hablaba sobre una abuela asesina, con pérdidas de memoria y dulces envenenados. Creo que, a través de mi despropósito, se entiende lo primitivo de la imaginación.

No des explicaciones. Ni a tu entorno, a quien no le debes más que aquello que realmente deseas que lean; ni a ti mismo, que no tienes por qué entender ni dar un motivo a las horas que dediques; ni a tu lector. Con esto último, englobo los dobles sentidos, las metáforas encubiertas, los signos de puntuación usados de formas experimentales, los personajes estrambóticos, las historias inacabadas y los finales abiertos, los diálogos sinceros y los mentirosos. Las enumeraciones interminables. Que se queden sin aliento.

Lee. Mucho. Muchísimo. Y con variedad, como una buena alimentación.

Y por último, escucha las críticas, pero no las uses como pretexto para dejarlo. No te acobardes. No pares si deseas continuar, aunque nadie te lea o te digan que el texto tiene el valor del menú de un restaurante. Pero comprende que, si duele, probablemente tenga algo de verdad. Lo bueno es que, si alguien lo ha visto por ti, tú también eres capaz de localizar el error y enmendarlo; aprender. 

Yo no soy escritora. Casi nadie me lee, mis padres y mis amigos son todos mis lectores. Apenas escribo entre los meses de septiembre a mayo, cuando mis lecturas las ocupan los libros académicos; la ficción la reservo para las vacaciones y los días de verano. Pero algo, muy poco (apenas nada), he aprendido a través de mi fracaso —porque no hago más que perder: de cada cien intentos, uno se mantiene en pie entre el desastre. He aprendido que hay algo estático y permanente, con la dignidad de lo grabado en piedra. 

Nunca, jamás, se olvida lo que se siente la primera vez que uno narra, y no solo escribe. 

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